Recientemente, en Piura, la presidenta del Congreso de la República, Maricarmen Alva, expresó que el Congreso de la República trabaja para Blancos Y indios” (sic). Esta frase expresa representaciones mentales coloniales que, al parecer, son las que organizan su lógica conceptual sobre la diversidad social nacional: la multiculturalidad y diversidad étnica. Claramente, se trata de un reduccionismo peligroso que se inscribe en una historia de relaciones de poder racistas y clasistas. Estas son peligrosas si grupos como “La resistencia”, de la derecha extrema, o, también, desde la izquierda extrema, representada en las cabezas del ejecutivo, el presidente Pedro Castillo y el primer ministro Aníbal Torres, las adoptan y logran articular procesos de formación de opinión colectiva que se traduzcan en acciones xenofóbicas.

Las declaraciones de la presidenta del Congreso de la República, que usa “blancos Y indios” para hacer un llamado a la unidad de la sociedad peruana es, en el mejor de los casos, un intento bien intencionado de llamar a la unidad de los ciudadanos de la nación. El problema es la ignorancia de Maricarmen Alva, que en su experiencia educativa básica, secundaria, universitaria y de socialización a lo largo de su ciclo vital, en sus contextos y círculos sociales específicos, no se ha informado sobre todos los antecedentes que desarrollaremos posteriormente. Y que, por el contrario, es una manifestación de la visión y pensamiento de esos segmentos sociales que reproducen dicotomías como “blancos e indios” que tiene origen discriminatorio y de esclavitud durante la colonia, y políticas discriminatorias también, durante muchas décadas de nuestra historia republicana.

Las líneas a continuación buscan esclarecer y contribuir con información científica desde la antropología biológica, la antropología cultural y la historia social peruana a esta larga discusión cargada de relaciones discriminatorias históricas, en nuestro país y en el mundo.

La falacia de la teoría racial y estudios genéticos y epigenéticos

En la ciencia, a través de los estudios de genética y epigenética, las teorías raciales fueron descartadas en la década de 1970. Es decir, se ha demostrado que son falacias sociales sin base biológica. Las teorías raciales reclaman una base biológica que categoriza a la población mundial en segmentos como “blanco”, “negros”, “latinos”, “indios”, “amarillos”, etc. Y todos ellos, salvo la gran mayoría de los blancos, tienen términos coloquiales manifiestamente racistas como “nigger” (negros), “spick” (hispano/latinos), “cholos/indios de mierda/indios infelices o no evangelizados, etc.” (pueblos originarios de América), “chinks” (chinos y asiáticos), entre otros. La gran mayoría de estos términos tienen historias de colonización y discriminación racial, cuando no de aniquilamiento dirigido que diezmó la demografía de pueblos nativos u originarios.

Para no entrar en detalles sobre las diversas formas de práctica científica, una forma de ver la ciencia positivista es como un conjunto de investigadores que siguen el método científico para demostrar hipótesis. Por eso sus teorías evolucionan con el tiempo y van logrando certezas que antes eran respondidas por otras teorías luego comprobadamente falaces, como la teoría racial. Un ejemplo es la teoría que afirmaba que el centro del universo era la tierra, teoría dominante en el medioevo europeo, que luego fue descartada por otras teorías basadas en evidencia como el sistema solar o la existencia de la vía láctea. En el campo étnico-racial, que es en el que se inscribe el esquema mental colonial de Maricarmen Alva (“Blancos y Indios”), la ciencia llamada a plantear hipótesis y confirmar teorías es la biología genética y epigenética. Esto porque teórica, pero falazmente, las razas representaban distintos tipos de humanos, diferenciados por su naturaleza biológica que eran asociados a comportamientos, costumbres y relaciones de poder en su mayoría de opresión.

Desde los 1970s la teoría racial ha sido descartada como sistema de categorización de las poblaciones a nivel de las esferas científicas y académicas. Por ejemplo, la American Anthropological Asociation (Asociación Antropológica Americana), basada en Estados Unidos, sacó un pronunciamiento categórico y determinante, basado en evidencia, en el que descartaba y llamaba al no uso de las categorías raciales por ser falaces y tener consecuencias dañinas para los seres humanos racializados. Uno de los estudios revolucionarios en la genética, que demostró científicamente la falacia de las teorías raciales, fue el de RC Lewontin (1972). Este estudio se enfocó específicamente en la variación genética dentro de las categorías raciales de la época (blanco vs negro) y la variación genética entre estas dos categorías raciales.

Fuente: Geneti Literac Project

En sencillo, la evidencia genética que encontró RC Lewontin fue que había más variación genética dentro del propio grupo denominado “negros” y dentro del mismo grupo denominado “blancos” que la variación genética existente entre los dos supuestos grupos raciales. Es decir, genéticamente, pueden ser más similares un “negro” y un “blanco” que dos “negros” entre sí y, similarmente, que dos “blancos” entre sí. O sea, organizar a la población como negros y blancos carece de base genética. En otras palabras, la teoría racial es falsa; por lo tanto, llamar a un grupo de pigmentación más clara como un grupo biológicamente diferenciado de un grupo de pigmentación más oscura es genéticamente incorrecto, falaz y su uso extendido responde razones y procesos de índole política y social. Los Homo sapiens somos 99.9% similares, y en ese 0.1% de diferencia, se encuentran muchas funciones y mecanismos biológicos que no solo son visibles en la piel o los rasgos externos, sino que también operan dentro de nuestros sistemas orgánicos – cardiaco, gástrico, respiratorio, etc.

El color de la piel es resultado de procesos geográficos de adaptación a ecosistemas particulares que activan ciertos mecanismos: esto es, el funcionamiento de células llamadas melanocitos que están ubicados bajo la piel, o las retinas oculares, entre otros, que activan la melanina, que es una sustancia epidérmica que determina la pigmentación superficial, visible en la piel de los humanos y otros animales. Estos melanocitos operan a través de genes diversos y de mecanismos epigenéticos. La epigenética estudia los mecanismos de activación o desactivación del funcionamiento de ciertos genes. Y esta activación o desactivación de los genes se expresa fenotípicamente, es decir, en el aspecto visible de las personas. Así, el color de piel no tiene predominantemente una base genética, no somos en esencia diferentes los humanos de diferentes colores. Recordemos, la diferencia es solo del 0.1% en toda la población de Homo sapiens. Las historias de reproducción entre personas con cierto nivel de variación genética y epigenética y, principalmente, las historias adaptativas y de poblaciones a diferentes entornos ambientales explican las diferencias de color de piel y otras diferencias de aspecto o expresión fenotípica que apreciamos en la diversidad cromática mundial, o en los distintos colores de de ojos, de nuestra sociedad y la población mundial. Y estas expresiones de diversidad fenotípica son organizadores de la discriminación, de la diferencia de derechos y oportunidades y de las experiencias subjetivas diferenciadas de nuestros y nuestras connacionales. Como sabemos, los denominados o percibidos como blancos tienen notables privilegios en nuestra sociedad en comparación a los considerados indios, cholos o negros.

Es más, tan determinante es el uso social de estas categorías raciales falaces que, a través de las relaciones de discriminación, poblaciones acientíficamente categorizadas como “negros”, “indios”, “amarillos”, etc. experimentan niveles de estrés crónico que ha derivado en el desarrollo de enfermedades de mayor incidencia entre estas poblaciones - en contraste con su incidencia entre los denominados (falazmente) “blancos”. Por ejemplo, un estudio rea realizado en Puerto Rico por el antropólogo médico biocultural Clarence Gravlee y otros coautores, sobre el impacto del estrés causado por el uso de estas categorías, ha demostrado la asociación entre entre la población afroamericana considerada “negra” y mayores niveles de presión arterial, condición que está asociada a enfermedades cardiovasculares, aneurismas, problemas de memoria o comprensión, demencia, y diabetes, entre otras. Es decir, el uso social de las categorías raciales que son falaces, sí causa efectos incluso biológicos en la salud humana – y esto, como hemos dicho, no significa que la razón tenga justificación genética.

¿Entonces, a qué responde el uso extendido de estas categorías que en Perú se tradujeron en los debates sobre “blancos e indios”?

Los significados de términos raciales como blanco, negro e indio en la historia del Perú

Las categorías raciales de blancos, indios y negros en el Perú colonial responden a formas de taxonomía pre-científica basadas en prejuicios enmarcados en relaciones de poder. Por ejemplo, durante la colonia se desarrolló el famoso debate entre Sepúlveda y De Las Casas sobre la naturaleza del indio, como se denominaba desde Cristóbal Colón a los nativos de América por haber erróneamente pensado que habían desembarcado en India, cuando habían llegado a centro América. El debate Sepúlveda versus De Las Casas giraba en torno a la pregunta ¿los indios tienen alma? Este debate, por más desactualizado que parezca, era decisivo para determinar las políticas de la Corona Española y los Virreinatos hacia las poblaciones originarias que iban encontrando en sus avances en el territorio americano. Las implicancias de “no tener alma” eran que clasificaban entonces a una categoría de animal con el que no valía la pena gastar tiempo en tratar de evangelizarlos y por lo tanto las políticas de homicidio directo eran justificadas y el marco de derechos vigente en Europa no era aplicable a los “no-humanos” encontrados en América: los pueblos originarios o indígenas americanos.

Aunque el material historiográfico sobre las teorías raciales es extenso y especializado y no hay espacio aquí para abordarlo en su integralidad, sí sirve resaltar las implicancias de que, hacia la instauración de la República del Perú, luego de la independencia en 1821, estas categorías raciales han mantenido vigencia como políticas de estado y organizadores sociales hegemónicos de la diversidad étnica del Perú. Y, como sabemos, personas de fenotipo claro, o blancos, han conformado las élites del gobierno republicano, de la organización del poder, durante siglos.

Óleo sobre lienzo, por Juan Lepiani

Aquí es necesario hacer un apunte acerca de la naturaleza de las categorías o términos en la historia. Con el tiempo, las palabras y las cosas son históricamente cargadas de significados. No son per-se negativas o positivas como expresiones fonológicas, pero sí lo son si la historia del uso de esas categorías ha sido la de relaciones de opresión y exclusión. Menciono esto porque la categoría “indio” ha tenido varios significados durante la república, algunos similares a los de la colonia y otros novedosos y hasta reivindicativos. Por ejemplo, los de herencia colonial durante la república mantenían el significado de que el “indio” -la población originaria- era inferior racial y biológicamente, y por eso entre los deberes políticos del Estado republicano se promovieron políticas de mestizaje. Para resolver “el problema del indio” que era considerado el lastre para el desarrollo nacional, había que cruzarlo (al indio) con blancos. Por ello, gobiernos y presidentes peruanos de la última mitad del siglo diecinueve y la primera del siglo veinte promovieron la importación de población blanca, austriaca o alemana, por ejemplo, para promover el mestizaje, un proceso de reproducción biológica con el propósito de blanquear a los indios y resolver ese lastre nacional.

La misma categoría de “indio”, sin embargo, también fue utilizada pre-científicamente para tratar de promover mejores tratos e incrementos de derechos para las poblaciones indígenas u originarios. Es así que, por ejemplo, José Carlos Mariátegui, en su libro Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, desarrolla un capítulo denominado “El problema del indioen el que analiza y denuncia las injustas relaciones de administración, propiedad y trabajo de la tierra que las elites republicanas imponían discriminando y reduciendo los derechos de los pueblos indígenas u originarios. En su ensayo, Mariátegui resalta los regímenes administrativos del gamonalismo y el latifundio, que claramente explotaban y semi-esclavizaban a los indígenas Andinos.

Con los mismos fines reivindicativos, el ex presidente Juan Velasco Alvarado empleó el término de “indio” y lo asoció al de “campesino” en su Mensaje a la Nación con motivo de la promulgación de la Ley de la Reforma Agraria, en 1969. En este mensaje, Velasco declara “Hoy, en el Día del Indio, día del campesino, el Gobierno Revolucionario le rinde el mejor de todos los tributos al entregar a la nación entera una ley que pondrá fin para siempre a un injusto ordenamiento social que ha mantenido en la pobreza y en la iniquidad a los que labran una tierra siempre ajena y siempre negada a millones de campesinos.” Esto, además, fue complementado con la instauración del 24 de junio como el “Día del Campesino”, que buscaba revalorar o crear el orgullo y la expansión de derechos de los pueblos originarios o indígenas.

Sellos postales reivindicativos del Correos del Perú, durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado

Históricamente, sin embargo, ha prevalecido el significado peyorativo de la palabra “indio” en las relaciones sociales en el Perú. Frases como “indio de mierda”, todavía empleadas en la actualidad, demuestran su vigencia y la herencia colonial a doscientos años de la independencia del Perú. Independencia que como sabemos, no reivindicó o puso en el poder a los pueblos originarios sino a las élites político militares, desprendiéndolo de la hegemonía legal de la corona española.

Finalmente, en los últimos 30 años, ha crecido la legislación internacional y nacional que reconoce derechos territoriales y culturales, entre otros, a los pueblos originarios, denominados así porque su presencia antecedió al sistema estatal colonial y al sistema estatal de la República del Perú. Es decir, estos tratados empezaron a reconocer en los indígenas o pueblos originarios derechos de los que fueron despojados durante la colonia y la república. Por ello es tan importante el proceso de titulación de las tierras indígenas andinas y amazónicas de los pueblos de origen preexistente al Estado puesto que les reconoce derechos que tuvieron y perdieron, derechos de los que fueron despojados por desde los 1500s. El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, en la denominada Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, fue firmado en el Perú en 1993 y entró en vigencia en 1995. Como lo son los tratados internacionales, el Convenio 169 tiene valor Constitucional. Su jerarquía no es el de una ley cualquiera, sino la de un sistema normativo equivalente a los artículos de la Constitución Política del Perú.

Los y las lectores de esta columna están invitados a leer la Declaración sobre Derechos de los Pueblos Indígenas de la OIT (hiperlink anterior), y verificar en este instrumento de jerarquía constitucional que la palabra “indio” no aparece ni una vez. Es decir, el término indio en las últimas décadas ha sido reemplazado por categorías como “pueblos originarios”, “pueblos indígenas”, “comunidades nativas”, “comunidades campesinas” que representan positivamente a estas poblaciones. Como se dijo anteriormente, las palabras tienen fuertes rastros de significados que se acumulan con la historia que, como hemos visto, no son homogéneos, sino que se actualizan con el tiempo, o se reemplazan, como es el caso del término “indio” por el de “pueblo originario”, “pueblo indígena”, etc.

Reflexión sobre los comentarios sobre Maricarmen Alva, la presidenta del Congreso de la República

El problema de que uno de los tres primeros poderes del estado, sea presidido por alguien con ese nivel de ignorancia, prejuicios y organización conceptual discriminadora de la sociedad peruana, no solo es su ignorancia individual, sino que se condice con visiones acríticas y también ignorantes de muchos otros integrantes del Congreso, desde la derecha hasta la izquierda en el espectro político. El problema es que desde esas categorías dicotómicas falaces se piensan, formulan o derogan leyes que subrepticiamente pueden estar presentes en proyectos legislativos y nuevas leyes.

Por otro lado, este pensamiento dicotómico nos puede conducir como sociedad hacia niveles de conflictividad racial como el que lamentablemente divide a la sociedad de Estados Unidos y es representada en grupos que se atribuyen “Supremacía Blanca” basada en estas teorías raciales falaces. ¿El Perú, un país de historia y presente profundamente racista, necesita líderes que reproduzcan estos esquemas mentales divisionistas? Claramente no.

El lado positivo de estas ignorantes y desafortunadas declaraciones es que abre una oportunidad al debate y la memoria, a la educación de la sociedad sobre nuestra historia racista y la carente validez científica y genética, de las teorías raciales.

Blancos Y Indios” es una expresión racista, desfasada, ignorante y peligrosa y hacen bien instituciones como la Defensoría del Pueblo en afirmarlo de manera categórica y con prontitud oportuna. Este es un tema que merece la atención de los medios de comunicación, las escuelas y universidades. Por los datos y razones antes expuestas, es importante saber y recordar que la Raza es esencialmente Política, no biológica.