El voto joven y la democracia desencantada, Epicentro TV

El voto joven y la democracia desencantada

En las próximas elecciones, cerca de 6 millones 700 mil jóvenes acudirán a las urnas para elegir a las nuevas autoridades nacionales. Lo harán, sin embargo, cargando una pesada mochila: el desencanto con la democracia. No se trata de un malestar superficial ni de una moda generacional, sino de una experiencia política acumulada que interpela directamente al sistema democrático que hoy les ofrecemos.


Las razones de este desencanto son claras. Para una parte significativa de esta generación, la democracia no ha cumplido su promesa de construir una vida mejor en común. No ha logrado traducirse en mayor justicia ni en una igualdad real de oportunidades. Como advierte Daniel Innerarity, la democracia no solo enfrenta amenazas externas, sino también una erosión interna, alimentada por la frustración que produce su propio funcionamiento cuando las expectativas que genera no se cumplen.

Este malestar se intensifica cuando el discurso democrático convive con prácticas abiertamente autoritarias. El accionar del actual Congreso y del gobierno ha profundizado esa percepción: debilitamiento de derechos, hostigamiento a organismos autónomos y concentración de poder, todo ello amparado en una legalidad formal. Para muchos jóvenes, esta contradicción resulta especialmente corrosiva: se les convoca a votar en nombre de la democracia mientras se vacía su contenido.

Los datos confirman esta percepción. Según una encuesta del Instituto de Estudios Peruanos realizada en noviembre del año pasado, el 68 % de jóvenes entre 18 y 24 años manifiesta una confianza baja o media en las elecciones. Pero tampoco se trata de un fenómeno coyuntural. La desafección juvenil se viene gestando desde hace más de una década. El Barómetro de las Américas muestra una tendencia inequívoca: en 2012, seis de cada diez jóvenes declaraban estar satisfechos con la democracia; diez años después, solo tres de cada diez lo hacen. 

Lo que está en juego no es únicamente el comportamiento electoral de los jóvenes en las próximas elecciones, sino el vínculo mismo de toda una generación con la democracia. Y ese vínculo se está debilitando aceleradamente. El problema, conviene decirlo con claridad, no es el voto joven, sino la democracia que se les está ofreciendo.

Hasta ahora, el debate público ha acumulado más diagnósticos que propuestas capaces de abrir caminos de solución. Revertir esta situación es urgente, sobre todo si consideramos que los jóvenes representan casi una cuarta parte del electorado nacional. Propongo, por ello, poner sobre la mesa dos dimensiones clave para comprender esta crisis y empezar a enfrentarla: el sentido de la democracia y la formación ciudadana. Son ámbitos distintos, pero profundamente interrelacionados.


Durante décadas, la democracia ha sido entendida principalmente desde su dimensión institucional: elecciones competitivas, separación de poderes, respeto a las reglas del juego. Todo ello es indispensable. Pero resulta claramente insuficiente cuando amplios sectores de la población —y en particular los jóvenes— perciben que ese "juego democrático" no mejora sus condiciones de vida ni amplía sus horizontes de futuro.

De ahí la necesidad de ampliar nuestra noción de democracia. No para debilitarla, sino para reconectarla con la experiencia cotidiana de las personas. Pensarla no solo como un régimen político, sino también como una práctica social que se ejerce en el trabajo, en la escuela, en el barrio; en la forma en que resolvemos conflictos, reconocemos al otro y construimos lo común.

Resignificar la democracia es clave para que vuelva a tener sentido. Y, sobre todo, para que los jóvenes puedan apropiársela como algo significativo y valioso, no como un ritual vacío que se activa cada cierto número de años.

Este giro debe comenzar en el sistema educativo. En las últimas décadas, América Latina —y el Perú en particular— ha transitado de una educación cívica centrada en el conocimiento del Estado hacia una formación ciudadana más integral, orientada al desarrollo de capacidades para convivir democráticamente: reconocimiento de la diversidad, diálogo, deliberación, resolución pacífica de conflictos y compromiso con lo público.

En el plano normativo y curricular, los avances son innegables. Los documentos oficiales hablan hoy de una ciudadanía activa, crítica y participativa. Sin embargo, en la práctica, estos enfoques siguen ocupando un lugar secundario. Los temas que interpelan directamente a los jóvenes —desigualdad, justicia social, cambio climático, vínculos entre democracia y economía— apenas aparecen en las aulas, o lo hacen de manera marginal y descontextualizada.

La democracia es, sin duda, un régimen político. Pero si logramos ampliarla hacia una forma de convivencia y, al mismo tiempo, formarnos para ejercerla cotidianamente, estaremos en mejores condiciones de recuperar el sentido de vivir en democracia, de defenderla y, sobre todo, de construirla día a día.

Los jóvenes no rechazan la democracia como ideal. Lo que cuestionan es una democracia que no los escucha, no los incluye y no les ofrece horizontes. Recuperar su compromiso exige una democracia que inspire, que convoque y que valga la pena. Ese es, sin duda, uno de los desafíos más urgentes del momento electoral que atravesamos.