TORMENTAS SIN TORMENTO  , Epicentro

TORMENTAS SIN TORMENTO

Varios dioses dicen ser sus dueños, pero no hay nada más terrenal y humano que las tormentas, en particular, las eléctricas. Los rayos iluminan lo concreto siempre quieto, tienen ese poder paralizante y embaucador pero, quizás, lo importante es lo que dejan a oscuras. Cuando crujen y salen los truenos que llevan dentro, todo enmudece. Es el poder del amedrentamiento. Mucho se encoge y poco se atreve a hacer ruido. La lluvia cae sobre todo y todos. Ni el cobijo privilegiado salva, el aire es otro, se respira diferente. El agua limpia, pero también ensucia, quita la sed pero también ahoga. El viento logra que todo se contorsione, echándole un pulso al orden establecido; unas cosas resisten, otras se rompen. Cuando se desatan, casi todo busca compañía o la evoca; los árboles parecen estar más juntos, las montañas se abrazan como para no soltarse, los animales se alían y los humanos tienden a pensar en qué y quienes los salvan de una existencia inerme. Cuando la tormenta pasa todo parece casi igual pero nada lo es.


Hay tormentas eléctricas, unicelulares, multicelulares, las supercélulas y la de línea turbonada. Cada uno y cada cosa elige cómo las vive, las resiste, las busca o las evita. Esto de evitarlas se reduce a un propósito porque afortunadamente la tecnología no ha podido convertirlas todavía en algo cien por cien predecible. Por eso, no hay nada más humano y humanizador que las tormentas con permiso de Zeus, Illapa, Thor, Táwhirimátea, Tláloc, Perún, Audra, Changó, Mariamman, Set y demás dioses de todos los universos.    

Según dónde uno nace y según cómo nace su relación con las tormentas, es diferente. La mía es de fascinación. Quizás tenga que ver con que me he criado en una familia en donde por las venas, en vez de sangre, corre tierra y por eso siempre se ha mirado el y al cielo; incluso, algunos pueden predecir su comportamiento. Yo no he heredado este poder pero sí la necesidad de tormentas. "No te pongas nunca debajo de un árbol"; "no te asustes si estás sola, parece que el cielo va a hacer caer el suelo pero eso no va a suceder nunca"; "abre dos ventanas de la casa por si entra un rayo que sepa por dónde salir"; "quédate bajo lo lluvia lo que quieras pero cuando entres a casa no te quedes ni un minuto con la ropa mojada o te enfermarás"; "no evites los charcos, ellos son los que se tienen que apartar de tu camino, si no se apartan, písalos y disfruta"; "¡cuánto hacía falta esta tormenta"¡ Y sonrisa. Son algunos de los recuerdos que me traen las tormentas con rayos y muchos truenos. El que primero me viene a la cabeza es el de mi abuela diciendo "abre dos ventanas, por si entra un rayo a casa que tenga por dónde salir". Seguramente algún dios le comunicó solo a ella este método de salvación. Siempre tuvo su particular universo, ese que a día de hoy tanto me hace falta y que me hace seguir abriendo dos ventanas sin permitir que nadie me contamine con explicaciones científicas y terrenales.

Vivimos tiempos de tormentas. A las físicas, se suman las políticas, las sociales, las económicas. Casi todas tienen explicación y consecuencia. No les aburriré enumerando los nombres de los que se creen iluminados mientras no ven lo importante, lo que queda a oscuras; pongan ustedes mismos cara a los rayos y a la intención de sus truenos; miren qué mueven los vientos con poco esfuerzo y, piensen por un momento qué queda en pie, qué se rompe y qué calma trae cada tronada. Me gusta estar sola durante las tormentas pero también me gusta pensar con quién me gustaría compartirlas aunque nos parta un rayo. Al fin y al cabo, eso es lo de menos.