Hoy ha muerto la madre de los Fujimori, que nunca fue madre del fujimorismo.

Era nikkei, ingeniera, primera dama y esposa repudiada. Susana Higuchi fue una mujer electrocutada por su honor.

Fumadora empedernida, no se fumó la corrupción prematura de sus cuñados, ni de quien fue su marido, ni de su entorno.

En Palacio, no se dio el tiempo a colocar las fotos de familia feliz, porque no fue nunca una mujer útil ni de utilería.

Su fragilidad era solo externa. Se enfrentó sola al dragón, su marido, el presidente al que casi todos reverenciaban y temían. No dudó en denunciar públicamente a su propia familia política por su siniestra manera de enriquecerse, malversando donaciones que llegaban de Japón, para los más pobres. Cambió su palacio por ropa usada, sin mirar atrás.

Susana nos lo advirtió, pero casi nadie la quiso escuchar. Denunció la primera evidencia de lo que vendría. El gobierno de Alberto Fujimori empezó robando ropa usada y terminó asaltando al Estado, matando inocentes, echando cal sobre sus propios delitos, incinerando vidas e instituciones, vendiendo armas y almas al mejor postor, instalando la monarquía del miedo y la mentira, con dispensa para el polvo blanco que dejaba su diezmo en Palacio.

Soportó el desprecio de su propia hija que, rápidamente, ocupó su silla en Palacio y se benefició de todos los privilegios de la corrupción, mientras ella, sola, repudiada y enferma, denunciaba haber sido torturada en los sótanos del Servicio Nacional de Inteligencia, el oscuro SIN, el lugar donde muchas noches durmieron plácidamente sus propios hijos y hasta su esposo.

Ella denunció ante el Congreso: “Me electrocutaron”. El régimen la combatió extendiendo el bulo de que estaba loca.

Susana, “la loca”, mostró su lucidez siendo congresista entre el 2000 y el 2006, por el entonces respetado Frente Independiente Moralizador, uno de los pocos partidos que combatieron casi siempre de pie a Alberto Kenya Fujimori Fujimori.

Susana Higuchi ayudó a Alberto Fujimori a llegar al poder y también ayudó a sacarlo.  Ahí estuvo ella, el 14 de setiembre del 2000, encabezando la entrega del primer vladivideo, el tiro en la sien que supuso ver a Vladimiro Montesinos sepultando en dólares la conciencia del congresista Alberto Kouri, para convertirlo en tránsfuga.

Fue la primera víctima del fujimorismo, pero no quiso que sus hijos y sus nietos lo fueran, por eso en los últimos años, hizo de mediadora en la sangrienta guerra civil desatada entre Keiko y Kenji Fujimori, por una cuota de poder.

Fue la abuela que solo contó cuentos amables a la nueva generación de los Fujimori. La que se ofreció incluso a cuidar a su exesposo en la peor fase de su enfermedad. No sabemos si lo perdonó.  Fue la única mujer que entendió la política como una condena y no como un objetivo de poder. En el fondo, Susana Higuchi es la gran desconocida de una familia que ha marcado las últimas décadas en la historia del país

Dijo adiós a su marido, a Palacio, al poder y hasta a sus propios hijos. Pero nunca de despidió de sí misma.